Toda novedad no es sino un olvido.


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...pero en sus más ficticias creaciones el hombre trabaja siempre sobre la base de la Naturaleza: hay lugares que siempre imponen en torno suyo su particular imperio y arbolan sus inmemoriales insignias en medio de un parque como las arbolarían, lejos de toda intervención humana, en una soledad que también viene hasta aquí a rodearlos, surgida de la necesidad de su exposición y superpuesta a la obra del hombre.  Y así, al pie del paseo que dominaba el estanque artificial, se formó con dos bandas tejidas con flores de miosotis y vincapervincas la corona natural, delicada y azul que ciñe la frente claroscura de las aguas; y así también el gladiolo, dejando doblegarse sus espadas con regio abandono, extendía por encima del eupatorio y del ranúnculo los destrozados lirios, violetas y amarillos, de su cetro lacustre.
El tiempo de las lilas tocaba a su fin; algunas había aún que expandían en altas arañas malvas las delicadas burbujas de sus flores; pero en mucha parte del follaje, donde una semana antes reventaba su embalsamado musgo, ahora se marchitaba, empequeñecida y negruzca, una hueca espuma, seca y sin aroma.
Antes de llegar allí, nos encontrábamos, porque salía al encuentro de los extraños, el olor de las lilas.  Y luego, las mismas lilas, de entre los verdes corazoncitos de sus hojas alzaban curiosamente por encima de la valla del parque sus penachos de plumas malvas o blancas, abrillantadas aun en la sombra, por el sol en que se habían bañado.
Venga usted a hacer un rato de compañía a su viejo amigo —me dijo—.  Y como ese ramo que un viajero nos manda desde un país adonde nunca hemos de volver, hágame respirar, desde la lejanía de su adolescencia, esas flores primaverales por entre las que yo crucé también un día.  Venga a casa y tráigame flores, primaveras, barbas de capuchino, achicorias silvestres, cuencos de oro; tráigame la flor de sedum, con que se forma el ramo dilecto de la flora balzaciana; la flor del Domingo de Resurreción, margaritas y bolas de nieve de esas que empiezan a aromar el jardín de su tía cuando aún no se ha fundido las bolas de nieve de verdad que trajeron las tormentillas de Pascua.  Y tráigame la gloriosa vestidura de seda de la azucena, digna de Salomón, y el polícromo esmalte de los pensamientos; pero, ante todo, no se olvide de traerme el airecillo aún fresco de las últimas heladas, que entreabrirá, para esas dos mariposas que están esperando a la puerta desde esta mañana, la primera rosa de Jerusalén.