Toda novedad no es sino un olvido.


Mostrando entradas con la etiqueta —Fedor Dostoievski. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta —Fedor Dostoievski. Mostrar todas las entradas
El soñador, si tuviéramos que hacer de él una caracterización detallada, podríamos decir que no es un ser humano, sino una especie de género intermedio. Se establece la mayor parte del tiempo en cualquier lugar, en rincones inexpugnables, como si se escondiera incluso de la luz del día, y si alguien se dispusiera a visitarlo, reptaría hacia su rincón como un caracol, o por lo menos se comportaría en este aspecto de una forma muy parecida al entretenido animal que, al mismo tiempo, es animal y es casa, y que todo le mundo llama tortuga. —Fedor Dostoievski
Pues le puedo contar que muchas veces he pensado hablarle así a alguna joven aristocrática en la calle, cuando esté sola, por supuesto, y decirle, claro está, muy suavemente, con mucho respeto pero con pasión, que me estoy muriendo solo, que no me aleje de su lado, que no tengo otra forma de conocer a alguna mujer; convencerla de que hace parte de sus responsabilidades femeninas no negarse a la súplica tímida de una persona infeliz como yo. ¡Que, finalmente, todo lo que pido no es más que dos palabras amistosas de su parte, que con un poco de simpatía no me aleje de su lado desde el primer paso, que crea en mi palabra y que, finalmente, oiga lo que voy a decirle, que se burle de mí si se le antoja, pero que sepa que ese par de palabras me van a dejar lleno de esperanza, y son sólo dos! ¡No importa si nunca más volvemos a encontrarnos! —Fedor Dostoievski
Así es que caminaba y cantaba, porque cuando estoy contento siempre tarareo algo para mí, como lo hacen todas las personas alegres que no tienen amigos, ni buenos conocidos , ni nadie con quien compartir su alegría en un momento de felicidad. —Fedor Dostoievski
También las casas me son conocidas. Cuando voy por la calle parece que cada una de ellas me sale al encuentro, me mira con todas sus ventanas y casi me dice: «¡Hola! ¿Qué tal? Yo, gracias a Dios, voy bien, y en mayo me añaden un piso.» O bien: «¿ Cómo va esa salud? A mí mañana me ponen en reparaciones.» O bien: «Estuve a punto de arder y me llevé un buen susto.» Y así por el estilo. Entre ellas tengo mis preferidas, mis amigas íntimas. Una de ellas tiene la intención de ponerse en tratamiento este verano con un arquitecto. Iré de propósito a verla todos los días hasta que se recupere por completo. ¡Dios la proteja! Nunca olvidaré lo que me pasó con una casita preciosa pintada de rosa claro. Era una casita adorable, de piedra, y me miraba de un modo tan afable y observaba con tanto orgullo a sus desgarbadas vecinas que mi corazón se henchía de gozo cuando pasaba ante ella. Pero de repente, la semana pasada, cuando bajaba por la calle y eché una mirada a mi amiga, oí un grito de dolor: «¡Me van a pintar de amarillo!» ¡Malvados, bárbaros! No han perdonado nada, ni siquiera las columnas o las cornisas; y mi amiga se ha puesto amarilla como un canario. A mí casi se me revienta la bilis con ese motivo. Y ésta es la hora en que no he tenido fuerzas para ir a ver a mi pobre amiga desecrada, teñida del color nacional del Imperio Celeste. —Fedor Dostoievski